domingo, 11 de enero de 2015

Novela: "Pueblo de Ramu" (Parte 41)

Nota: Parte 1 (Junio) - Partes 2/10 - (Septiembre) - Partes 11/19 - (Octubre)
 Partes 20/30 - (Noviembre) Parte 31/37 - (Diciembre) Parte 38/40 (Enero)


... Se instalaron en el espacio destinado al escuadrón del ejército y no tardaron en iniciar su labor.  A los pocos días sus caras ya indicaban un cierto estado de alucinación. No podían comprender ni entender del todo el alto grado de tecnificación de las instalaciones del pueblo. El modo en como habían conseguido regular la humedad del valle y las neblinas para compensar la alta radiación solar, como habían sabido aprovechar para este fin y para los cultivos las minas de agua subterránea, los propios sistemas de riego y los conjuntos de invernaderos, el aprovechamiento de los rayos del sol para obtener un alto grado de energía y los ingenios mecánicos que se encargaban de adaptar, condensar y transportar esta misma energía a los hogares y las máquinas de producción, el cuidado de los bosques y la obtención de biomasa para compensar y desarrollar la obtención de calor en el invierno, los vehículos todos ellos adaptados a motores eléctricos, las máquinas con las cuales fabricaban los elementos necesarios para sus trabajos y para los hogares, las curiosas complementaciones energéticas a base de simple músculo humano o las ingeniosas formas de obtener de forma natural otro tipo de energías alternativas con la ayuda del viento o la fermentación de residuos animales o vegetales, la obtención de materias primas a base de reciclar elementos antiguos o recogiendo de la propia naturaleza lo necesario. Pero sobre todo no pudieron por más que admirar su sistema organizativo y la equidad de esfuerzos por parte de todas las gentes del pueblo, la regulación de los elementos necesarios para sobrevivir sin necesidad de usar moneda de cambio, ni obtener sueldo por servicio. Les asombró la solidaridad que empleaban como manera de obtener un equilibrio, su sistema sanitario y de investigación biológica, el modo en que obtenían medicinas a través de plantas de su propio ecosistema, la educación de los jóvenes ambientada en la construcción y conservación del propio entorno, el respeto y consideración a los ancianos y el mimo hacia los más pequeños. No acababan de entender la falta de un líder en forma de una figura representativa, como pudiera ser un alcalde o algo parecido y que el supuesto poder estuviera en manos del propio pueblo. El sistema de asambleas les pareció algo incomprensible.

    Se diría que tardaron más tiempo del esperado en desarrollar el informe, fue el propio teniente Lorenzus el que comentó a un lugareño que por radio ya habían sido avisados los integrantes de la comisión de su tardanza, y que éstos mismos parecían querer dilatar su estancia en Ramu. En tono jocoso llegó a comentar una frase coloquial de uno de los miembros de la comisión: “Aquí se está de puta madre”

    Aquellos cuatro hombres que llegaron uniformados, pulcros y cohibidos, ahora ya no eran los mismos. Habían desarrollado la sonrisa, la desinhibición, habían confraternizado con las gentes y probado los manjares naturales. Marcharon de Ramu con el informe de sus servicios en una cartera y una extraña sensación de plenitud. A buen seguro que debieron sentir añoranza por tiempos pasados y les hubiera gustado quedarse, pero ninguno fue capaz de decirlo públicamente. Por el contrario, callaron sus sentimientos y marcharon de allí cambiando el semblante, pertenecían a otro mundo, a otra manera de vivir.

    Los habitantes de Ramu se sentían seguros por obra de no cambiar su actitud en momento alguno. Acabaron por despejar los fantasmas y seguir con sus quehaceres como si nada estuviera pasando. Siguieron con su dinámica de vivir el momento, día a día. Su responsabilidad consistía en conservar el entorno, respetar y confraternizar. Colaborar con todos para mantener vivo su propio ecosistema.

    Uno de esos días Bruno tuvo oportunidad de ser el guía de una de las patrullas de vigilancia perimetral. Compartió la misión con dos de los soldados. No perdió la oportunidad de hablar y confraternizar con ellos, los tres tenían parecida edad.

—  Bruno, ¿Dónde nos llevas?

— No os preocupéis, no vamos a salir del perímetro. Quiero que conozcáis un poco mejor el entorno.

— Vale, pero no nos alejemos.

    Mientras Bruno les enseñaba algunos parajes dignos de ser vistos, continuaron hablando, mas parecían tres excursionistas que miembros de una patrulla militar.

—  Debe de haber sido chungo vivir más de tres años en un agujero.

—  Más que chungo…

—  Por qué más… se supone que allí dentro no os tenía que faltar de nada.

—  Nadie de nosotros sabía en realidad lo que estaba pasando fuera.

—  Natural… si no lo estabais viviendo.

—  Allí fuera estaban nuestras familias Bruno…

—  Lo siento…

—  Porque lo has de sentir… no era tu familia.

—  Bueno… No hace mucho que estoy aquí en Ramu. Antes vivía en Nalocebar… Lo que pasó allí fue horroroso.

—  Pero tú has conseguido sobrevivir…

—  No me preguntes como… lo importante es que ahora estamos aquí.

—  Por poco tiempo… pronto nos relevaran.

—  ¿Os relevaran?

— Eso nos han dicho…


    Los rostros de los dos militares se vieron invadidos por la tristeza… quizás por los recuerdos, quien sabe si por su futuro destino. Pero la sensación que recibió Bruno, y no quiso ahondar en ella, es que aquellos dos muchachos, como muchos otros, quizás, habían sido engañados y en absoluto eran conocedores del alcance de lo sucedido. Creían que simplemente sus familias habían tenido la desgracia de perecer, como muchas otras. Ellos pensaban volverlas a ver al acabar su misión en aquellos enormes refugios subterráneos, y en absoluto creyeron que su ostracismo en la entrañas de la tierra pudiera haber durado tanto tiempo, en principio siempre entendieron que solo era por unos meses...

R.P.I. 02/2013/1807 B-387-13

sábado, 10 de enero de 2015

meditaciones al alba: "Ver el problema"


Ver el problema antes de que se presente, solo es práctico si puedes evitar tener el problema.

Si vemos el problema con anticipación y este no se puede evitar, solo queda estar preparado para vivir el problema.

Si el problema que nos afecta es debido a la incompetencia de otros... toca aguantar y esperar la caída de la incompetencia, que más podemos hacer...Aunque claro, ver el problema es parte de la solución. 


jueves, 8 de enero de 2015

Novela: "Pueblo de Ramu" (Parte 40)


Nota: Parte 1 (Junio) - Partes 2/10 - (Septiembre) - Partes 11/19 - (Octubre)
 Partes 20/30 - (Noviembre) Parte 31/37 - (Diciembre) Parte 38/39 (Enero)

 ...
—  Briel, Laenuma… De todos los puntos de ese dichoso oficio, existe uno que nos preocupa en particular. Pretenden identificarnos. ¿Qué hacemos, ocultamos la identidad o bien mostramos nuestros datos reales?

Se produjo un silencio expectante, nadie supo que responder en ese momento. Entonces decidieron aparcar los temores y las decisiones hasta el último momento, no tenía sentido amargarse por ello. 

TIEMPO DE REFLEXIÓN 


    Se tuvo que obrar con la máxima celeridad. La asamblea encontró unanimidad en entregar las armas y no quedaba más remedio que acceder a que un escuadrón del ejército supuestamente les amparara. No vieron problema a que se inspeccionara el pueblo, no tenían nada que ocultar. El debate surgió como no podía ser de otra forma, en lo que respecta a las identificaciones. Se temía por la suerte de unas cuantas personas que podían estar comprometidas por su pasado. Y sobre todo, decidieron que se opondrían absolutamente a que un comité del gobierno tomara las riendas del pueblo porque sí.  No iban a ceder ni a claudicar tan fácilmente. No obstante, como no conocían esas normas gubernamentales, primero deberían escuchar o leerlas antes de tomar decisiones.

Pasados los dos días de plazo, un simple vehículo militar se adentró en el pueblo en busca de una respuesta que les fue entregada por escrito. Al poco tiempo, un escuadrón de veinte hombres al mando del teniente Lorenzus llegaba al pueblo para instalarse. Les fue habilitado un local en un extremo del pueblo y  de inmediato se aposentaron en él. La primera gestión del teniente Lorenzus, siguiendo las órdenes recibidas fue dirigirse a la armería para requisar las armas. A partir de ese momento, las patrullas de vigilancia perimetral correrían a cargo del ejército, si bien se requirió a un guía del pueblo que les acompañaría en cada patrulla. Fuera de esas operaciones, el escuadrón militar se mantendría al margen del movimiento propio del lugar. 

    El teniente Lorenzus y su escuadrón una vez cumplidas la primera parte de su misión, se mostraron cohibidos ante el pueblo. Tenían ordenes explícitas de no inmiscuirse en los asuntos de Ramu y de evitar confraternizar con la gente. Pero el reto se les presentó un tanto difícil tras la larga inclusión en los refugios subterráneos. Además no contaban con la reacción de los habitantes a los que supuestamente tenían que proteger. Todo sucedió de manera instintiva, cierto que el escuadrón disponía de víveres que periódicamente se les iba a suministrar y podían considerarse autosuficientes, pero como abstenerse ante el ofrecimiento de una fruta madura y olorosa recién cogida del árbol, como rehuir una sonrisa o una palabra amable, como evitar hablar con aquel que solo desea entender tus sentimientos, como evitar pasear por un bosque limpio y cuidado y oír el trino de los pájaros o apreciar el revolotear de los insectos, como evitar escuchar el murmullo del agua en la riera o sentir su frescor en los pies desnudos, como evitar al realizar las rondas de teórica vigilancia, sentir el aroma de las flores en las terrazas o el alivio de la sombra en las estrechas calles. Sin apenas esfuerzo fueron suavizando su comportamiento marcial y aceptando el diálogo de las gentes. Acabaron a los pocos días por relajarse y empezaron a sonreír. El teniente Lorenzus no pudo evitar ese comportamiento de sus hombres ni abstenerse de sentir lo que ellos apreciaban, todos ellos necesitaban del calor que tanto tiempo les había faltado,  y no solo el de la luz del ardiente sol.  En tan solo una semana, la gran preocupación del teniente Lorenzus consistía en que no fueran pillados infragantes en su relajación y por tanto relevados de su misión. Todos los integrantes del escuadrón, no tardaron en desear que el orden del pueblo que debían vigilar no se alterara.

    La actitud de los soldados no pasó desapercibida entre las gentes de Ramu, siendo  objeto de múltiples comentarios. Bruno y Louise no pudieron abstraerse de los mismos.

—  Te has dado cuenta Bruno la cara que ponen los soldados.

— Como todo el mundo Louise, están pillados. No tiene comparación vivir en un mundo subterráneo o hacerlo aquí, en esta especie de paraíso.

—  ¿Porqué dices paraíso Bruno?... nos lo hemos currado.

— Cierto, no es ninguna casualidad y hemos tenido que trabajar duro, sobre todo vosotros los que ya llevabais tiempo aquí organizando todo esto, Pero entiendo que esto es… un paraíso.

— Lo dices con una cierta vacilación en tu tono de voz… te conozco muy bien. Se que detrás de tu concepto escondes alguna decepción.

— No andas equivocada… Lo malo de los paraísos es que son frágiles y propicios a ser adulterados. Basta que una especie invasora se introduzca para que se altere el orden y peligre en consecuencia el paraíso.

— ¿Es un concepto biológico?

— Yo diría que es una realidad aplastante Louise… Los mismos que se han aplicado en alterar la naturaleza de este planeta, son los que nos van a querer imponer su orden.

— No vale la pena romperse más el coco Bruno… ellos ya están aquí. Ahora solo nos queda resistir.

—  Sí, para qué rompérselo… Antes de que las epidemias liquidaran a la mayoría de la población humana, ya conocíamos que el polo Norte se había quedado prácticamente sin hielo, que los océanos se habían elevado desapareciendo en consecuencia muchísimas islas, que la corteza terrestre se había resquebrajado en múltiples sitios, que a los gobiernos de este Mundo se les había ido la olla… primero las guerras por el oro negro, luego las guerras financieras, los países ricos comiendo y depauperando a los pobres. Continentes enteros desahuciados…

—  No sigas Bruno…

— Sí para que seguir, pero no por eso podemos olvidar lo peor...

—  Vale… la biosfera tremendamente alterada… el sol dándonos caña… Nadie va a arreglarlo ya.

— Louise… Aun podía suceder, en cierta medida nosotros lo hemos conseguido. Con los cañones de niebla se ha podido compensar la enorme radiación. La naturaleza es sabia… si nos dejaran trabajar codo con codo con ella, ¿Quién sabe?

— Mejor no soñar, ¿no te parece?

—  Me parece… pero viendo la cara de alelados de los soldados, quien te dice a ti que a  esos tipejos de las comisiones gubernamentales se les ilumine el cerebro. 


    Llegaron en un vehículo del ejército. Salieron del mismo como si pisaran un paraje selvático. Iban vestidos con ropa de campaña color marrón claro y sombrero de conjunto. En uno de sus bolsillos llevaban gravadas unas siglas y un anagrama que no supieron identificar. Todo el mundo contempló sus rostros. Al principio, los técnicos parecían observar solo al suelo como si el entorno no fuera con ellos. Parecían ir decididos a cumplir su misión y punto, pero no tardaron en sentirse impactados por el ambiente que les rodeaba. En la mirada de la gente no encontraron agresividad, pero sí una especie de proyección mental que les inhibía, era como si recibieran una pregunta: ¿y ahora que nos vais a decir, si todo esta bien?


    Despistados miraban a uno y otro lado completamente desubicados, buscaban a sus interlocutores. De pronto vieron a los miembros del ejército asentados en el pueblo que se acercaban y raudos se refugiaron en sus brazos como buscando el amparo de lo conocido. Fue el mismo teniente Lorenzus el que se encargó de presentarles a los que serían sus interlocutores en el pueblo.   Manifestaron que tardarían los días que fueran necesarios para emitir una valoración y que su misión sería el paso previo a la comisión de orden político que se encargaría de dictar las normas a seguir...

R.P.I. 02/2013/1807 B-387-13

lunes, 5 de enero de 2015

Meditaciones al alba: "El contrapeso para el equilibrio"


Que es la vida... sino movimiento. Aunque lo pretendamos, nunca estamos parados. Consciente o inconscientemente, siempre caminamos hacia la búsqueda del equilibrio, lo necesitamos para vivir. Pero nadie... más que uno mismo, tiene la capacidad de decidir, donde encontrar ese equilibrio

Solo un apunte algo metafórico... al igual que el funambulista, todos necesitamos en la vida un contrapeso para mantener el equilibrio.


Novela "Pueblo de Ramu" (Parte 39)


Nota: Parte 1 (Junio) - Partes 2/10 - (Septiembre) - Partes 11/19 - (Octubre)
 Partes 20/30 - (Noviembre) Parte 31/37 - (Diciembre) Parte 38 (Enero)
...
¿En que va a consistir la reconstrucción del orden?

—   Excelente pregunta… no esperaba menos de ustedes. Primero de todo, debemos inspeccionar el pueblo. Si tienen armas deberán ser requisadas. Tenemos orden de instalar un puesto aquí mismo. Un escuadrón de veinte hombres al mando de un oficial serán los encargados de protegerlos. Pueden seguir con sus quehaceres con normalidad. Si necesitan víveres o medicinas se les suministraran. Necesitamos identificar a la población… nada más que para obtener un registro de supervivientes. Una vez tengamos todos los informes requeridos, llegará un comité del gobierno para instaurar las reglas que habrán de regir… pero todo eso llevará su tiempo. Mientras tanto sigan con normalidad… ¿Ha quedado claro… alguna otra pregunta? 

— No sabemos si todas estas normas van a se aceptadas por el pueblo…

— No tienen otro remedio… lo contrario podría ser interpretado como una rebelión, y en consecuencia ustedes serían responsables de lo que pudiera ocurrir.

— ¿Y que podría ocurrir?

— No adelantemos acontecimientos… ¿no le parece?

— Mire usted Teniente Coronel Gregori… Tenemos que insistir en el hecho de que durante estos últimos años no los hemos necesitado para nada, ni hemos recibido ningún tipo de ayuda por parte del gobierno ni del ejército. Mientras aquí nadie sabía de ustedes, nos hemos tenido que organizar hasta crear un pueblo entendemos que modélico en su función. Hemos tenido que crear nuestro propio sistema de orden social y ha funcionado… No necesitamos  que nadie nos imponga un nuevo orden.

—  Creo que no entienden nada de lo que está pasando en el Mundo…

—  ¿Está usted seguro de eso Sr. Teniente Coronel?

— Este pueblo pertenece a la nación… por lo tanto no les va a quedar otro remedio que aceptar sus leyes.

—  ¿Y donde estaban sus leyes y su orden durante estos últimos años…?

—  Dejemos de chácharas… soy un oficial del ejercito y recibo órdenes. Ya he dicho todo lo que tenía que decir.

— Nosotros no hemos dicho la última palabra…

— Está bien… escucho.

—  Recogeremos sus normas, por escrito… las someteremos a la voluntad del pueblo y recibirán una respuesta. Necesitamos un par de días para evaluar. Mientras tanto, le ruego que mantenga a su ejército fuera del recinto del pueblo. No necesitamos que nos protejan, no encontramos razón para ello.

—  No soy yo quien ha de decidir… recibo órdenes. Tendrán una inmediata respuesta.

    Gregori se levantó dando un golpe con la mano en la mesa. Lo hizo de una manera controlada, sin hacer demasiado ruido, pero denotando con ello su contrariedad. Salió raudo de la estancia, hizo un gesto a sus subordinados y todos marcharon en los vehículos hacia donde les esperaban el resto de la unidad. Los tres representantes del pueblo observaron la escena sin perder la compostura, se mantuvieron sentados.

  Que se pensaba ese tipo, que íbamos a claudicar tan fácil.

—  Bueno… hemos parado la primera embestida, pero no será la última.

— Bien… esperaremos. No tardará en llegar la respuesta. Como siempre ha sido, no es el ejército el peligro para la paz, sino los que dominan los ejércitos y usan su fuerza para ocupar y destruir si es preciso. Los que organizan los desastres no muestran su cara, envía emisarios y se mantiene al acecho.

    Gregori se introdujo en la tanqueta para contactar por radio con sus superiores. A los pocos minutos salió de ella con aire marcial y decidido. Un solo gesto fue suficiente para organizar la pequeña comitiva en dirección al antiguo ayuntamiento. Salió del vehículo tan solo con la compañía del oficial y un soldado de escolta. Se dirigió a la sala de juntas, le fue abierta la puerta, entró y sin sentarse pronunció con sequedad a la vez que dejaba un oficio sobre la mesa.

—  Les ha sido concedido ese par de días, aquí tienen las normas. Volveremos en busca de su decisión.

    Marchó con la misma celeridad con la que había entrado. Se dirigió al vehículo y al llegar a la altura del resto de la unidad  dio la orden de salir de allí. Mientras la comitiva se dirigía hacia la carretera, se escucharon algunos silbidos y gestos de reprobación hacia el ejército que fueron reprimidos por bastante gente. La mayoría optaron por permanecer en silencio y mantener la compostura. No sabían lo que estaba pasando pero intuían que de momento sus representantes habían aguantado el tipo. De inmediato, se hizo saber al pueblo el contenido del oficio, todos entendieron que no había mucho tiempo que perder.

    La familia de Bruno tenía que solucionar un dilema. Sejo y Tamara  decidieron ir a su domicilio de origen para hablar con los padres de Carlota con los que habían entablado una gran amistad. Necesitaban contrastar su opinión y su sentido del problema. Habían aceptado cambiar de domicilio, proveyendo que la ocupación del ejército fuera directa, pero todo daba a entender que no iba a ser así. Una vez se acomodaron, empezaron a hablar.

Tenemos dudas, serias dudas… es como si estuviéramos ante una partida de ajedrez. Nuestros representantes se han mantenido firmes, hemos mostrado el orgullo de un pueblo, de un verdadero pueblo. Ellos podrían ganarnos fácilmente, machacarnos si es preciso pero… ¿que sentido tiene eso?

—  Creo Sejo que eso no tiene sentido… pensemos que ellos tienen informes de que este pueblo es cabal. Ante todo querrán saber como hemos logrado sobrevivir, como hemos logrado cuidar la naturaleza, mantener el orden y la cordura, activar sistemas, técnicas y energías, por obra de una ingeniería  que no ha necesitado de combustibles fósiles… bien podríamos ser un modelo a seguir.

— Estoy de acuerdo contigo Briel, eso puede haber generado un cierto respeto, y el respeto siempre presenta dudas ante un comportamiento radical… pero si analizamos punto por punto el oficio que nos han dejado, lo primero que se deduce es que son ellos los que mandan, pretenden imponer su orden.

—  Cierto, pero no dejan de ser seres inteligentes… eso facilita la negociación.

—  Estamos ante la partida de ajedrez… negociación es movimiento. Jugamos con muchas fichas de desventaja, ¿no crees?

— Es cierto Sejo, pero mantenemos intacto al rey, no nos han hecho jaque todavía.


Tamara decidió terciar entre el diálogo de los dos hombres. Estaban divagando ante el desenlace de la partida, sin pensar en que eran ellos los que debían hacer el siguiente movimiento...

R.P.I. 02/2013/1807 B-387-13

sábado, 3 de enero de 2015

Poema: "Eclosión"



Como el capullo de seda

que deja paso a la mariposa.

   Como las bayas negras

que liberan al exquisito jazmín,

dejemos que las rosas

se abran por si solas,

tiempo habrá para el color,

para el deleite del perfume,

para sentir, que todo es evolución. 


viernes, 2 de enero de 2015

Novela: "Pueblo de Ramu" (Parte 38)



Nota: Parte 1 (Junio) - Partes 2/10 - (Septiembre) - Partes 11/19 - (Octubre)
 Partes 20/30 - (Noviembre) Parte 31/37 - (Diciembre) 
 ...
—  Cielo santo… ¿Cómo han conseguido ustedes todo esto? 
—  Con la voluntad de todos, es obvio. 
—  Puedo entenderlo… pero lo que queda del Mundo es un caos. Llevamos tres años largos metidos en un agujero y nunca hubiéramos pensado volver a ver algo así. 
— Pero lo ha visto… eso es lo que importa. Por cierto, mi nombre es Jobssen. 
— Teniente Lorenzus…

    El teniente Lorenzus no podía no debía olvidar su compostura pero lo hubiera deseado. Permaneció firme en su  puesto y vigilando a sus hombres que en actitud relajada, con los fusiles sujetos pero apoyados en el suelo se mostraban tentados de dejarlo todo y confundirse con la población. Deseaban hablar, comunicar, sentirse hombres y no soldados. 
    Bruno, como uno más del pueblo, había dejado sus quehaceres para mezclarse en la expectación. De pronto reparó que su pequeña hermana seguía en la guardería y ya llegaba la hora de ir a recogerla.  
    Entró en el local, escuchó risas y la voz  de Vanessa, la maestra. Todo aparentaba una absoluta normalidad, como si nada estuviera pasando. Iba a retirarse y esperar afuera, pero decidió quedarse y escuchar.

—  Veréis niños, un día nunca es igual a otro, ni vosotros, ni yo somos como cromos que se repiten. Los colores cambian, las estaciones cambian, los frutos salen en las plantas y los árboles y luego se agotan y se reponen en la próxima estación. A veces, cuando amanece y despertamos, si sabemos ver, observaremos que algo ha cambiado. Pero si lo que vemos no nos gusta, no perdamos por ello la alegría. Si nos sentimos tristes, guardaremos por unos días la alegría en nuestro mejor escondite para así poderla encontrar enseguida.

   Los niños escuchaban atentos las palabras de su profesora. Uno de los niños tras una pequeña pausa habló.

—  Vanessa, hoy no es igual que ayer, hoy mis padres estaban tristes… 
— Lo se pequeña… pero estoy seguro de que tus padres sabrán cuidar de su alegría para que nadie se la quite. 
— Yo les diré cual es mi escondite para que la puedan guardar. 
--    Entonces… todo va a ir bien…

    Tras esa breve exposición, los niños siguieron con su dinámica, manteniendo ese bullicio sereno y siempre atento a las indicaciones de su profesora. Llegó la hora de acabar la clase, los niños recogieron sus pertenencias en sus mochilas y se quedaron tranquilos en sus puestos esperando a que los vinieran a buscar. Bruno tardó un tanto en recoger a su hermana, prefirió esperar. Los familiares llegaban y recogían a los niños uno a uno, con semblante serio. Cuando encontró el momento, entró en el aula y mientras recibía a su hermana que llegó alegre a sus brazos, abordó a Vanessa.

—  Hace un rato, no he podido evitar escuchar tus palabras… 
— Son producto de la inquietud que todos tenemos, los niños también, ellos son muy      receptivos. 
—  Nos quieren robar la alegría… ¿es eso? 
— Verás Bruno… lo inmaterial es difícil de robar. 
— Bueno… si no nos la pueden robar, si que la podemos perder. 
— Por eso es bueno saberla guardar en nuestro mejor escondite. 
—  ¿y cual puede ser ese escondite? 
—  Eso es algo muy personal, ¿no crees? 
—  Lo cierto Vanessa… es que vuelven los tiempos difíciles. Se acerca el            desconcierto y es allí donde se pueden perder fácilmente los mejores valores que tenemos. 
— No son tiempos fáciles, cierto.

    Vanessa sonrió y dirigió su mirada a los ojos de Bruno. En esa mirada había un mensaje, hondo, profundo, que solo podía ser captado desde muy adentro de su ser. Bruno recogió ese mensaje, pero en vez de callar y guardárselo, decidió seguir interrogando a Vanessa.

Entiendo… pero,  ¿cual es tu misión?... ¿porqué estás aquí? 
— ¿Porqué estás tu aquí? 
—  Yo nací aquí, en este Mundo… es lo que me ha tocado vivir, no he podido elegir. 
—  ¿Estás seguro de ello? 
—  No estoy seguro de nada Vanessa… 
—  No es un mal síntoma… 
— No has contestado a mi pregunta… 
— No puedo contestarte, es más importante que descubras cual es tu misión. 
— Necesitamos ayuda… 
—  Nunca habéis dejado de tenerla…

    Con aire de una cierta resignación, Bruno se despidió de Vanessa con una simple sonrisa. Llevó a su hermana a su nuevo hogar donde esperaban sus padres y luego decidió volver al centro de logística para calibrar lo que allí estaba sucediendo. Una parte del pueblo tomó la opción de seguir con sus quehaceres buscando la normalidad, otros se mantenían por los alrededores del antiguo ayuntamiento esperando encontrar o recibir novedades.

   Los tres representantes del pueblo se sentaron en la mesa ovalada, enfrente Gregori y el oficial. Un escolta con el fusil en ristre permanecía en la estancia y los otros dos montaron una guardia en la puerta de entrada a la sala de juntas. Uno de los representantes del pueblo habló.

Bien Gregori, que tiene que decirnos. 
— Hemos quedado que mi nombre se cita en privado, aquí no lo estamos. Teniente Coronel Gregori, diríjase así a mi persona, este es un asunto oficial no una tertulia de amigos. 
— Como usted desee, pero si es así, usted se está dirigiendo al pueblo, a sus representantes, no lo olvide también. 
— Bien, dadas las formalidades, entremos en cuestión… Tenemos dos informes de situación en este pueblo. Uno es favorable y otro no lo es tanto… 
—  Le ruego que se explique, Teniente Coronel Gregori. 
—  Digamos que tenemos informes de que este pueblo es pacífico… por otra parte no entendemos otra serie de informes digamos que negativos… 
— y bien… 
—  Iremos a la clave del asunto… Una patrulla de reconocimiento informó de que fueron atacados desde una espesa niebla por algo que no supieron definir con exactitud. 
—  ¿Atacados por quien Sr.? 
— Se dirigían a este pueblo desde la línea del bosque, por el valle. Ocurrió a un par de kilómetros de aquí… ¿Tienen algo que decir? 
— Claro… usted mismo lo dijo Teniente Coronel Gregori. Somos un pueblo pacífico, solo nos hemos dedicado a sobrevivir, sin ninguna ayuda. Desearíamos que visitara todas nuestras instalaciones y lo comprobara por usted mismo. 
— Entonces… ¿que pasó con mis hombres? 
—  Como podemos saberlo nosotros… 

--   Esta bien… De momento dejaremos de lado este asunto, así como el de la roca cortando la carretera, eso es cosa de ustedes… Verán, las epidemias han eliminado a una gran parte de la humanidad. Ustedes han sobrevivido, nuestros dirigentes también han logrado sobrevivir, cierto que en condiciones también difíciles. Ahora todos hemos de colaborar en la reconstrucción del orden. Las pocas hordas de desalmados ya están siendo suprimidas. La posición de ustedes entendemos que es excepcional, están ustedes por lo visto bien organizados... Ahora se trata de que todos colaboremos…

R.P.I. 02/2013/1807 B-387-13