miércoles, 13 de agosto de 2014

Poema: Locura de amor

El día que sonrías como yo
y tu mirada sea la mía
el sol y la lluvia se amaran,
lanzarán nieve sobre el Sahara
y en el polo los pingüinos solitarios vivirán.
Nada será imposible
Si tu mirada es la mía.
El día que sientas lo que siento
y seamos un solo abrazo,
ese día…
el sol y la luna se unirán para ir de vacaciones,
me sabré de memoria mil canciones
y el león jugará al parchís con la gacela.
El día que se fundan nuestros cuerpos
y el placer nos haga estremecer,
ese día…
se verán más estrellas en el cielo,
las hormigas tocarán los violines
y el oso perezoso se levantará a las seis.
El día que para los dos el tiempo ya no cuente,
ese día…
las gaviotas construirán sus nidos en el cielo
y la arena de la playa podré contar.
El día que tu quieras lo que quiero
ya nada será imposible para los dos,
porque tu y yo seremos uno
y en la vida inmensidad.
Seremos libres como el viento,
entenderemos el principio
sin importar su final,
y el que los cangrejos vuelen
nos parecerá normal.


lunes, 11 de agosto de 2014

Meditaciones al alba: La misteriosa mirada

Existe una mirada que  no está anclada. Tiene más edad de la que marca el cuerpo y abarca insondables escenarios a lo largo de la historia. Es tan fresca como anciana, puede atravesar el umbral del signo de los tiempos y transportarse sin fronteras al inicio de la evolución. Con ella se puede vivir infinidad de situaciones: plácidas, dramáticas, lúcidas, oscuras. Ha muerto y  renacido quien sabe si más de mil veces sin alcanzar la fuente de la sabiduría. Es por esa razón que esa mirada no desiste en caminar, con el bagaje de lo aprendido y con la esperanza de que sus pasos no sean estériles. Esa mirada siempre nos acompaña en los tránsitos, ella no se pierde en el perfil de una existencia. El camino es largo y ella bien lo sabe, por eso nunca deja de avanzar y de ilustrarse.


sábado, 9 de agosto de 2014

Relato: La estela del enamoramiento

Sucedió un día sin saber como ni porqué. Me encontré con una figura serena y quieta. Su cabello moreno se confundía con el fondo de un abrigo nuevo y oscuro. Estaba sentada en la parada de un autobús que no esperaba y fumaba despacio un cigarrillo. Las piernas cruzadas y la mirada perdida en los recuerdos. Yo me acerqué a ella con alegría; poco sabía de su vida, pero mi mirada ya se había cruzado con su figura hacía ya tiempo en un tren, y esa figura había llenado mi corazón de sensaciones atrayentes y cálidas.

La vida pasa al igual que pasan las horas de los días, pero jamás me olvidé de ella. Cuando la recordaba, notaba una estela que me acercaba a un calor suave como un amanecer de verano y también una cierta añoranza que provocaba en mi pecho un leve cosquilleo.


 Y ahora una vez acomodado a su figura, cuando voy en busca de su sonrisa, me dejo arrastrar por la misma estela de colores que me llevará a la mar calmada donde está ella. Entonces escucho sus palabras, tomo su mano, abrazo su cuerpo, beso sus labios... y respiro ese calor, que me envuelve en una bruma plácida llena de perfumes agradables... En esos momentos tan llenos de paz y de ternura el tiempo parece dejar de existir,  pero él no tarda en mostrarse veloz y despiadado para exigir la distancia.   La dejaré, pero no voy a permitir que la luz, la calma y la plácida serenidad me abandonen… Sí, dejaré que su figura vaya a descansar lejos de mi cuerpo, y yo marcharé a mi lugar con su perfume, mientras observo a esa cálida bruma recogerse en un hueco de su corazón… Ya más calmado, noto como me acompaña una estela, la misma estela que hacía estremecer mi pecho cuando la recordaba. La misma estela que guiará mis pasos de nuevo a su figura.

jueves, 7 de agosto de 2014

Meditaciones al alba: El eterno viaje de la sabiduría

Un día, pensando en la célebre frase que recogió Platón de la boca de Sócrates: “Solo sé que no se nada”, se me ocurrió la idea gráfico—metafórica de la sabiduría. Cierto, muy cierto que el hombre sabio es el más ignorante de todos, de ahí que no le quede más remedio que reflejar la humildad tanto en su obra como en sus actos.


Imaginemos un  punto de partida, donde el ser humano con criterio propio e ideas autónomas empieza a tener conocimiento y a preguntarse: ¿Dónde estoy, de donde vengo, a donde voy?  Esto sería el inicio de la sabiduría, el vértice de una infinita y abierta proyección cónica. A medida que vamos avanzando desde ese vértice, se va ampliando nuestro conocimiento. Seguimos avanzando y el conocimiento continua ensanchándose, tal es así que llega un momento que la fuente del conocimiento se hace inalcanzable porque la proyección resulta infinita. Es ahí cuando el hombre sabio se detiene y reconoce su ignorancia, a pesar de lo mucho que ha avanzado.


martes, 5 de agosto de 2014

Poema: El hilo y la cometa.

Ella es el hilo, yo la cometa.
Me sujeta fuerte y no me deja,
Pero me permite el vuelo
tanto, como tolera la madeja.
Puedo alcanzar las nubes,
flirtear con el espacio,
observar las estrellas
y mirar hacia abajo, despacio.
No me gusta lo que veo
y vuelo, vuelo y dibujo
mil formas de libertad.
Quisiera quedarme ahí,
flotando en mi ánimo.
Pero el hilo me avisa…
Tira de mí y bajo, si…
se donde está, mi trabajo.
Si ella me soltara, si no estuviera,
puede que me perdiera más allá
mucho más allá en el espacio,
o lo más fácil… que me estrellara.


domingo, 3 de agosto de 2014

Meditaciones al alba: Un nuevo tipo de humanidad

Si nuestro País no funciona correctamente, si el Mundo va rematadamente mal en su conjunto, solo nos queda una solución: Que funcionemos individualmente mucho mejor a base de desarrollar la coherencia, la dignidad, la solidaridad, el criterio, la creatividad y por supuesto la empatía con el género humano y el ecosistema de nuestro planeta.

La violencia, el odio, la corrupción, la ignorancia, los fundamentalismos ya sean políticos, religiosos o financieros, no son más que ídolos con pies de barro. Claro que si los dejamos crecer, el peso puede ser tal que es fácil se produzca un caos global a base de su propio derrumbe social, moral y ético.


Existe una solución lenta pero efectiva para evitar ese caos… la revolución individual y pacífica desde la base. Estremecer los cimientos a los ídolos de barro para que no crezcan más, que no se sostengan. Que esos ídolos se vayan desmembrando poco a poco a medida que centenares de miles de individuos conscientes, honestos y solidarios nos vayamos integrando en el firme propósito de construir un nuevo tipo de humanidad. Ya se que suena a utópico pero…


sábado, 2 de agosto de 2014

Cuento: Un dulce misterio (Memorias de una ardilla)

Capítulo de: Memorias de una ardilla      - Un dulce misterio-

Decidí quedarme a pasar el invierno en la masía, que mejor sitio cuando el tiempo apremiaba. Tendría comida, compañía, un lugar donde dormir y estaría libre de todo riesgo. Pronto conocí el tejado de incontables tejas rojas. La chimenea de piedra, casi siempre caliente y humeando desde sus entrañas. El pajar lleno de escondrijos y pequeños ratones, con sus vigas de madera y nidos de golondrina hechos de barro en primavera y que ahora estaban abandonados. El corral donde apestaban los cerdos y alborotaban las gallinas. El establo donde vivía “Rubia”, la yegua. El almacén de leña, entre cuyos troncos cortados dormí mi segunda noche en la masía. La caseta de “Duc”, el enorme perro pastor alemán. El garaje con aroma a grasa y gasolina, donde el padre de Eva guardaba el coche y el tractor. La marquesina de madera bajo la cual estaba el antiguo lavadero. Las grietas de la fachada de piedra por las que subía hasta la ventana ovalada que daba a las golfas, llenas de polvo y trastos viejos. El huerto solo poblado por algunas coles. El jardín que esperaba tiempos mejores en primavera. La amplia explanada de la entrada donde antaño se aventaba el trigo. Los nogales, la higuera y el palo santo, que pacientemente aguardaban su tiempo para el fruto. El deslustrado sillón junto al pequeño soportal de la entrada, trono de “Michinu” el gato siamés.

También la masía guardaba sus misterios, incógnitas que yo no podía descifrar. Como el enigmático pozo redondo, ahora en desuso, cuyo fondo infinito y lleno de vértigo parecía atraerme hasta lo más hondo de la tierra. O la puerta al final, en el lateral de la casa, siempre cerrada, recelosa de abrirse a sus secretos.

Pero de todas las cosas que ocupaban la masía, lo que más me atraía, lo que más me impresionaba, era el enorme ciprés. Se alzaba hasta casi tres veces la altura de la casa. Era viejo y venerable. De tronco firme y recio, con una corteza gris pardusca  de arrugas superficiales en espiral. Contrastaba con todos los árboles del entorno y se alzaba majestuoso y elegante sobre ellos haciéndose visible muy a lo lejos. Me gustaba mucho subir por su espeso follaje de finas hojas color verde oscuro, progresar a través de su copa estrecha y en columna, que se iba afilando hasta acabar en un ápice puntiagudo. Desde su máximo extremo contemplaba el bosque a mis pies, imaginando ser una nube en el día y una estrella en la noche. Me dejaba mecer por el viento mientras observaba el mundo de la masía reducido en su tamaño.

Eva, con la ayuda de su padre, me había construido un precioso nido de madera, que colocó en el alféizar de su ventana. Ella no entendía porque yo renuncié a su amoroso ofrecimiento, para elegir hacer mi propio nido entre la copa del ciprés. Con pequeñas ramas de pino que recogí en el bosque, entrelazándolas, recordando como lo construía madre, di al refugio la forma de una cuenca esférica. Luego me fui al pajar donde obtuve el material que me serviría para hacer una cálida y mullida cama.

Tampoco Eva acababa de entender, porqué contadas veces tomaba el alimento que ella me dejaba junto al nido de madera. Prefería adentrarme, casi cada día, en el bosque para procurarme el sustento por mis propios medios, pensaba hacerlo mientras fuera posible. Pero siempre volvía a la masía, necesitaba de las miradas y caricias de Eva más que de sus almendras y nueces; eso para mí, una ardilla que podría parecer orgullosa e independiente, también era un misterio, un dulce misterio.