miércoles, 10 de abril de 2019

Novela: "La senda del Porvenir" (Parte 5)

... No le importó a Raúl enseñarme su cocina económica a base de leña, que él cortaba, proveniente de los árboles caídos por obra de tormentas o fenómenos naturales. Leña que también le servía para calentarse dejándola quemar en el hogar a ras de tierra. Observé también una colección de potes de vidrio que contenían diferentes hierbas recogidas por él en el bosque, me indicó que todas ellas tenían una determinada utilidad y que le llevó su tiempo llegar a conocerlas y reconocerlas en el entorno del bosque.

La mañana pasó rápidamente a la luz de mis ojos… mi mente se encontraba distraída y el cuerpo cada vez más ligero. Pero eso no impidió que llegara a pensar:   “Esto si que es un sueño del que no tardaré en despertar”

Antes de entrar en la cabaña para preparar la comida, Raúl se dirigió a mí:

       Quítate el pijama que llevas puesto y déjalo en ese cubo. Dúchate y aprémiate porque apenas tendrás un minuto de agua caliente. Verás una pastilla de jabón ahí en la ducha. Después de encontrarte, te limpié un poco, por encima, antes de sacarte la ropa que llevabas puesta, pero no es suficiente. Hazlo, te encontrarás mejor; luego, puedes vestirte con lo que queda de tu ropa, ya debe de estar seca.

Extrañado, le pregunté donde estaba la ducha, no había reparado en ella. Me señaló un lateral de la cabaña y aprecié un pequeño depósito de madera en lo alto, del que salía una manguera enroscada en espiral a sendos palos, uno para que bajara la manguera y otro para que subiera y en su extremo más alto una boca de ducha. Estaba el conjunto orientado al sol. Deduje enseguida que los rayos habrían calentado el agua de la manquera y que de ahí saldría el minuto de agua caliente a que se refería Raúl… Una vez  me hube duchado, sin poder evitar que el agua acabara por enfriarse, me vestí con los casi harapos de mi ropa y entré en la cabaña.

Le ayudé a preparar la comida, batiendo los huevos para hacer una rica tortilla de patatas, acompañada de ensaladas y verdura recién cogida. Yo estaba acostumbrado a comer carne en casa, pero en absoluto la eché en falta, todo estaba exquisito. Me llamó la atención que todos los utensilios, vasos, platos, cucharas y tenedores, fueran de madera.

Mientras nos alimentábamos,  Yo no paraba de preguntar y preguntar tratando de indagar como era la existencia de Raúl en aquel lugar, y el me contestaba pronunciando las frases con una exquisita calma, que me permitía entender todo lo que él me estaba diciendo. Tras la pausa de un silencio, Raúl se puso serio y pronunció:

     Ya no tengo dudas de que mañana estarás en condiciones para caminar.

Aquella frase me desbordó… me hizo dar de bruces con la realidad. Agaché la cabeza al unísono con mi ánimo. Un desasosiego creciente empezó a embargarme… y tal como lo sentía le contesté:

     Pero es que yo no quiero… no quiero volver a ese infierno.

Raúl hizo una pausa, esperó a que yo levantara mis ojos y me penetró con los suyos. Observé esa mirada azul y sin poderlo evitar, me entró un sollozo. Con suavidad, sus labios empezaron a moverse acompasando unas frases:

     Bien Daniel… ignoro las causas que te han llevado a adentrarte en el bosque, a perderte y ha llegar hasta aquí…ni tampoco deseo saberlas. Yo tan solo he cumplido con mi deber de auxiliarte… ahora tú debes de cumplir con el tuyo.

No sabía que hacer ni que decir…ni tan siquiera acertaba a que de mi garganta saliera palabra alguna…dejé pasar unos instantes, el silencio era penetrante, me desbordaba por completo. Por fin, respiré hondo y contesté:

     No deseo volver… prefiero entrar de nuevo en el bosque y perderme para siempre.

Raúl no tardó ni una décima de segundo en responderme, sin levantar la voz, con calma, con exquisita calma empezó a pronunciarse,
Iniciamos un diálogo, contrastado, porque mis palabras surgían atropelladas por la insatisfacción.

     Puedo entender tu agobio… pero algo está fallando en tu razonamiento.

     ¿Por qué, por qué me dice eso Raúl?

     Porque solo estás pensando en ti.

     Y en quien sino… estoy harto, harto de mi vida… prefiero morirme de una vez en vez de continuar así.

     Llevas cuatro días fuera de tu casa…por lo que vengo observando todo tiene pinta de una huida. No te creo un delincuente. Por tus palabras, por tu actuación, adivino que te han educado, no eres un indigente, debes de tener padres, o tutores, o aunque provinieras de algún asilo… en consecuencia alguien estará sufriendo por ti… y no solo tus allegados, sino todos aquellos que sin duda te estarán buscando… tienes un deber para con ellos.

     Yo no tengo un deber para nadie, estoy cansado de mi situación… es cierto, huí. Si lo hice es porque no quiero volver a vivir como lo estaba haciendo…

     Daniel…es preciso que te centres, que medites. Piensa un poco más allá de lo que consideras tu desgracia…

Le escuché, pero no volví a contestarle, preferí quedarme mudo. Raúl tampoco dijo nada más, se limitó a recoger de la mesa los utensilios de comer y llevarlos a la pica para lavarlos. Me levanté, traspasé la puerta de la cabaña y me senté sobre un tronco cortado sobre la explanada de hierba. Un par de gallinas vinieron a remolonear a mi lado, y uno de los gallos no tardó en acercarse a ellas como para llamarles la atención. Tomé del suelo una pequeña piedra y la tiré con rabia lejos de mí. Resoplé, tras ello me levanté decidido para hablar con Raúl.

     Raúl… ¿no puedo quedarme aquí contigo?

Su contestación, esta vez más enérgica no tardó en llegar a mis oídos.

     No puedes… ni debes.

     Yo no te molestaría… además siempre te podría ayudar.

     Creo que ya hemos hablado y ha quedado clara la situación. Mañana, a primera hora, sin falta, recoges tu mochila y nos acercamos al Pueblo más cercano. Eso es todo.

Sin inmutarse, Raúl continuó con sus quehaceres, y yo me pasé toda la tarde revoloteando por los alrededores. Más que meditar  tal como él me había sugerido, lo que hice es traspasar mis pensamientos a ese inmediato futuro que para nada me alentaba. Solo pensaba en broncas por recibir, reproches por mi actuación… quizás me metieran en un reformatorio, me condenaran… yo que sé. Tan solo circulaban pensamientos negativos por mi pobre cabeza.

Llegó la hora de cenar, todavía quedaba algo de luz en el cielo. Ni siquiera me preocupé por ayudarle en preparar la mesa como hice al mediodía. Me encontraba totalmente abstraído en mis turbios pensamientos. Durante la frugal cena apenas hablamos y cuando yo intenté decir algo, él pareció adivinarme otra vez lo que iba a pronunciar.

     Si has de hablar de lo mismo…olvídate.

     Vale… ya veo que es inútil convencerte…

     Lo es. 

Me preguntaba: ¿Parece enfadado?... solo lo parece porque no se altera por nada. Que diferente a mi padre que por cualquier inconveniencia saltaba como un grillo. Su postura era firme… pero la mía también. Así que empecé a elaborar un plan.

Esta vez me tocó dormir en el suelo, fue iniciativa mía. Por respeto y dado que ya me encontraba mejor, insistí en dejarle el catre, su catre, para él. Coloqué un par de mantas sobre los tablones del suelo y me puse un cojín a modo de almohada. No me desvestí, ¿para qué? Dejé los zapatos y la mochila a un lado y esperé…esperé a que Raúl quedara dormido a juzgar por sus intermitentes ronquidos. Entonces pacientemente dejé que llegaran las primeras luces del alba y con sigilo, me puse los zapatos, recogí la mochila y salí al exterior. Escuché el ulular de un búho y el trino de multitud de pájaros anunciando el amanecer.   Ya en la línea de los primeros árboles, me apresté a sacar la cazadora de mi mochila para abrigarme y empecé a caminar por una de las sendas en dirección al arroyo. Solo una idea en mi cabeza, continuar huyendo.

IV


Mientras caminaba hacia no se sabe donde, no tardé en darme cuenta, que a parte de desesperado, era un “tonto del culo”. Y lo era porque sencillamente no llevaba nada de comida en la mochila… “Por lo menos podrías haberte apropiado de algo” — me dije— Pero continué andando.  Mi plan era seguir el curso del arroyo, que sin duda me llevaría a un curso de agua mayor, y cuando hubiera conseguido salir del bosque, porque un río siempre lleva a la civilización, pues ya vería que es lo que hacía. Todavía me quedaban bastantes euros en el bolsillo de los noventa y seis con que salí de casa, eso me podía ayudar a desplazarme a otro lugar… pero volver al hogar, junto a mis padres… ni borracho lo haría, no quería saber nada de mi familia, ni del colegio, ni de la vida que llevaba.

Por fortuna para mí era fácil avanzar junto al arrollo, caminé y caminé durante bastante tiempo, del agua no me tenía que preocupar, la tenía en abundancia, pero empecé a notar cierto hormigueo en el estómago. “No tiene importancia” — me dije— ya tendré tiempo de comer algo, estoy repuesto y me encuentro fuerte.

Pero algo torció mis planes… el subsuelo estaba cambiando de forma. Empezaron a aparecer muchas piedras pequeñas y bastante arena… de repente, la tierra se tragó el agua. El arroyo había desaparecido ante mi vista. Seguí adelante pensando que quizás volviera a surgir el agua por ahí cerca, pero nada. Desconcertado, en vez de desandar el camino, no tuve otra idea que continuar adentrándome más y más en el interior del bosque, sin darme cuenta que me estaba desorientando.

Para nada había aprendido la lección… Un bosque tupido, de relieve variado y sin sendas claras a la vista, es una invitación al desconcierto. No tardé en reconocer que me había perdido de nuevo. Intenté volver de nuevo al curso del arroyo, pero no lo lograba. Me sentía más y más desmoralizado hasta llegar a un estado de atolondramiento total. Rompía ramas y arbustos a mi paso, dejaba jirones de mi camisa y pantalones enganchados en los zarzales. Estaba atrapado. Intenté salir de ese atolladero, pero al final no pude más y me derrumbé totalmente abatido por el esfuerzo tanto mental como físico.


Apoyado en una amplia piedra que encontré, me acurruqué y rompí a llorar. No entendía lo que me estaba pasando, solo malos pensamientos circulaban por mis entendederas. “ Esto no mola…no me quieren en casa, no me quiere Raúl en su cabaña, nadie me quiere…el bosque me odia”...


martes, 9 de abril de 2019

Novela: "La senda del Porvenir" (Parte 4)

   ...Abrí los ojos, o me pareció que lo hacía. No podía mover ni un solo músculo… quizás por eso no tenía claro si es que seguía con vida. Aquel lugar donde me encontraba, nada tenía que ver con aquel otro donde cerré los ojos por última vez.

Debía de ser una cabaña, cuyas paredes eran de madera a base de troncos rectilíneos y redondos. El techo formado por tablones planos también de madera. El suelo también estaba cubierto por parecidos tablones. Dos ventanas amplias a un costado por la que se filtraba una tenue luz y en medio de las dos una puerta. Todo lo que podía ver pertenecía a un solo espacio. Una mesa, sillas, estanterías que sostenían libros y objetos varios, también una pica al lado de una cocina. En el otro lateral, un hogar a la altura del suelo, donde aún humeaban las brasas. El ambiente lo notaba cálido y acogedor. Todo parecía estar en orden y los olores que percibía eran agradables. Mi cuerpo reposaba en un cómodo catre en una de las esquinas.

   De repente, como si fuera una alucinación apareció al abrirse la puerta, un hombre ya muy mayor, de complexión fuerte y con una poblada barba blanca. Su vestimenta era raída, tanto sus pantalones de pana como su camisa a cuadros.

 Me encontraba como en una nube, flotando, pero era una sensación mental porque mi cuerpo parecía ser de plomo. Ese hombre se acercó con calma al catre donde yo estaba. Sus ropas, pese a estar carcomidas por el uso, estaban limpias. Observé sus ojos, de un azul claro intenso y también en su rostro una enigmática sonrisa. En mi aturdimiento, llegue a pensar que estaba ya en una especie de cielo, con la imagen de San Pedro observándome de muy de cerca. Pero inmediatamente algo me devolvió a la realidad, mi mochila a un costado del catre. Razoné con cierta intensidad…”no puedes estar muerto, porque que diablos hace mi mochila en el cielo” —pensé—  Y como si ese hombre hubiera adivinado mi pensamiento, pronunció de inmediato:

     No estás alucinando… estás en mi cabaña.

     ¿Pero como… como es posible?

     Te halle a primeras horas de la mañana, muy cerca de aquí. Estabas inconsciente y me costó lo suyo traerte.

     Entonces… ¿estoy vivo?

     Solo estás extremadamente agotado, no parece serio tu estado…Creo que eso es estar vivo.

     ¿Qué hora es?

     Está anocheciendo, llevas durmiendo trece horas.

     Pero es que apenas puedo moverme.

     Es el ácido láctico que contrae e inmoviliza tu musculatura, has perdido mucha energía y sin energía no hay movimiento. Necesitas descansar y reponer algo de glucosa en tu organismo.

     ¿Dónde estoy… es usted médico?

     Ya te lo he dicho, estás en mi cabaña y no soy médico, pero algo se para reconocer tu cansancio... Ten, bebe, te lo he preparado, tómalo despacio.

Me acercó un vaso con un líquido naranja, dudé en tomarlo pero él insistió,

     ¿Qué es?

     Zumo de zanahoria con miel, está rico.

Lo sorbí confiado y ya con ciertas ganas al comprobar que era algo sabroso y que sin duda necesitaba mi organismo. El hombre me siguió hablando con calma, con mucha calma

     Ahora creo que lo más importante es que te repongas, va ser de noche, demasiado tarde para tomar iniciativas. Mañana ya me cuentas que estabas haciendo en el bosque… sin duda alguien te estará buscando, pero ahora no podemos hacer nada.

Bueno—cavilé para mis adentros— “esto no modifica nada, sí, claro que me estarán buscando, pero ahora estoy tan cansado que sería incapaz de dar un paso. Ese hombre tiene razón y parece comprender mi situación…mañana seguro que me encontraré mejor, pero de que me va a servir si no se lo que va a ser de mí”. No quise que entrara en mi mente nada más, para qué. El mañana es algo que siempre me ha asustado. El mañana era como una lacra en mi recuerdo, tantas veces lo había oído en forma de reproche…”que va a ser de ti el día de mañana”… Observé como el hombre de la poblada barba blanca se retiraba de mi lado y se sentaba en un banco de madera, me estaba dejando en paz con mis pensamientos.

Volví a quedar dormido y cuando desperté ya había amanecido. Observé como me era más fácil mover brazos y piernas, hasta me pude incorporar sin problemas. No había nadie en la cabaña, pero en el exterior se oían ciertos ruidos, reconocí que eran golpes de hacha cortando troncos. Me dí cuenta que llevaba puesto una especie de pijama que me quedaba bastante holgado, algo en lo que hasta entonces no había reparado. Al salir al exterior, descubrí una explanada de hierba rodeada de una espesa arboleda, en uno de los extremos aparecía un sector vallado y en su interior lo que sin duda era un huerto. Algunas gallinas parecían campar a sus anchas por la explanada. En una cuerda extendida entre dos árboles, estaba mi deteriorada ropa secándose. El hombre de barba blanca dejó su quehacer para acercarse a mí.

     Celebro que ya estés mejor… vamos  dentro, necesitamos desayunar.

Titubeando le respondí con cierta timidez… como lo que sentía ser, un invitado inesperado y por supuesto agradecido.

     Buenos días… si, si claro, gracias, gracias por todo.

     Gracias, porqué… ¿acaso tu no me hubieras recogido de haberme encontrado en el bosque en mal estado?

     Supongo que sí… pero no se si hubiera sido capaz de traerle hasta aquí.

     Todos somos capaces de hacer cosas impensables, cuando nos toca hacerlas.

El anciano, porque era eso un anciano, ¿Qué edad tendría? ¿Setenta años, más? se acercó a la puerta de la cabaña donde yo me encontraba, y con suavidad puso la mano sobre mi hombro para invitarme a entrar.

Sobre una mesa rectangular cubierta por un mantel a cuadros rojos y blancos, tenía ya preparado el desayuno. Zumo de zanahoria, rebanadas de pan, miel, azúcar moreno y mermelada roja. Me invitó a que empezara y el hambre se me despertó de golpe. El anciano me sugirió que comiera con calma y procurara no atragantarme. Parecía estar más preocupado de que yo me recuperara, antes que empezar a interrogarme, algo que esperaba ocurriera a no tardar.

Me observó mientras devoraba el desayuno, y en un momento dado pronunció:

     A juzgar por el estado de tus ropas,  fiel reflejo de lo mal que te encontrabas, se diría que llevabas tiempo en el bosque.

Más que la pregunta fue una insinuación, algo que en cierto modo me pilló por sorpresa. Estaba más acostumbrado a los reproches. Aquella frase, la interpreté como una invitación a que yo me expresara, sin ningún tipo de coacción.

     Tres noches he pasado a la intemperie, señor.

     No, que tal si me llamas por ni nombre, Raúl.

     Bueno, yo soy Daniel…me llamo Daniel.  

     Daniel… ¿has dicho Daniel?

     Sí, claro, así me llamo.

Ambos sonreímos… no noté ningún tipo de presión, era, era como si ese hombre me diera toda la libertad y el tiempo del Mundo para que yo empezara a hablar… y hablé, le conté toda mi epopeya de cabo a rabo, desde que salí de casa, hasta que tras adentrarme en ese bosque, me perdí.

Noté como me escuchaba con suma atención, sin interrumpirme, dejándome hablar y hasta cierto punto dándome pie a que yo me desahogara, algo que no hice porque solo me limité a narrar lo acontecido desde que tomé el autobús sin entrar en más detalles. Al acabar de hablar, se produjo unos instantes de silencio, como si se hubiera producido un vacío en el tiempo. Raúl suspiró suavemente, antes de que por sus labios sugieran las palabras.

     Has demostrado tener valor, en ningún momento te has dado por vencido…No tienes ni idea de lo que acabas de hacer… Bien, hoy no va a ser posible que te acompañe hasta el punto más próximo civilizado, está a más de cuatro horas de camino y no te veo yo en condiciones de hacer esa caminata. Mañana nos pondremos en marcha.

Ya está” —pensé— “eso es todo, no me vas ha hacer ninguna pregunta más… y si yo no quiero ir a donde no quiero ir”…Tras acabar de desayunar, Raúl se levantó y se dirigió hacia la puerta tras decirme:

     Acompáñame si quieres, voy al huerto.


Y lo hice, siguiendo su andar pausado. Abrió una portezuela en un lado de la valla y entramos. Era un espacio amplio y rectangular de  unos doce metros de largo por seis de ancho. Reconocí la hoja de las zanahorias y de las patatas, ensaladas de varios tipos, tomates cubiertas las matas por una tupida malla verde para protegerlas del sol, más matas pero de judías sujetas a cañas, y más variedad de productos hortícolas, algunos de los cuales no conocía y que Raúl me ayudó a identificar. Le ayudé a regar tomando el agua de una pequeña alberca con una regadera. Me explicó como conseguía llegar el agua hasta allí, a base de un canalón sobre el tejado de la cabaña que recogía el agua de la lluvia, y cuando esta fallaba no le quedaba otro remedio que llenar la alberca con agua del cercano arroyo. Me sentía bien en ese entorno, más tranquilo, relajado. No paraba de hacerle preguntas a Raúl sobre el huerto y como se las apañaba para tenerlo tan bien cuidado. Me contestaba diciendo que protegía las semillas de todos los frutos, las conservaba y las ofrecía a la tierra en el momento oportuno para que prosperaran y se convirtieran en lo que veían mis ojos. Me dijo que la valla no era más que una invitación a los animales del bosque para que buscaran su sustento en otro lugar, que él no mataba animales para subsistir y que por supuesto no probaba nada relacionado con la carne. Tan solo tomaba los huevos que le ofrecían media docena de gallinas acompañadas de un par de enseñoreados gallos, todos ellos recluidos en un pequeño cobertizo que se encontraba en el otro extremo de la explanada  y separado del huerto. De día las aves campaban a sus anchas y de noche ellas solas se recluían en su cobijo. También me indicó que me enseñaría su despensa compuesta de compotas, mermeladas, frutos secos recogidos en el otoño, olivas, aceite, mosto... Me explicó que en un alto porcentaje podía considerarse autosuficiente. Me enseñó la trampilla sobre el suelo de la cabaña, por la cual se accedía a un pequeño espacio subterráneo que hacía las veces de nevera en verano. Periódicamente, o muy de tanto en tanto, él tomaba las sendas del bosque, bien para recolectar alimentos, o para llegar al pueblo que le quedaba más cerca y comprar alguna reserva de arroz, harina, azúcar u otro tipo de alimento similar. Alimentos que no eran fácilmente perecederos e imposibles de encontrar en el bosque...

  

lunes, 8 de abril de 2019

Novela: "La senda del Porvenir" (Parte 3)

...Cuando desperté, la primera sensación que tuve fue un enorme vacío en mi estómago. También la boca y la garganta muy resecas. Resumiendo, no sabía lo que más me acuciaba, si el hambre o la sed. Había oído decir  que es más fácil sobrevivir al hambre que a la sed, así que instintivamente me preocupé de lo segundo, tenía que encontrar agua como fuera.
Pero nada parecía indicar que estuviera por los alrededores. Observé gotas de roció sobre las hojas de los arbustos, y sin dudarlo empecé a sorberlas desesperadamente hasta dañar la punta de mi lengua por el roce. Algo debió aplacarse mi sed, muy poquito, pero lo suficiente para sentirme más aliviado.

  Era extraño… no tenía miedo y me encontraba muy activado por un fuerte instinto de supervivencia. Cierto que había descansado esa noche y recuperado ciertas energías, pero si no lograba comer o beber las pocas que me quedaran se irían difuminando poco a poco. Por otra parte, intuía que sin el aporte energético del alimento, sería imposible salir de aquel bosque. Pero primero de todo, lo mejor sería quedarme donde estaba e intentar hacer visible mi situación… ¿Cómo?, pues con la fogata, no tenía otro recurso.

  Creía saber la señal de auxilio, tenía que ver con el tres. Podía hacer un triángulo con ramas y hojas en la pequeña explanada, pero ningún helicóptero ni mucho menos un avión lo vería al ser el bosque tan tupido. Podía porque no hacer ruido, gritar, hasta exprimir todas mis energías, pero decidí dejar esa posibilidad para el final. Así que me acordé de las películas de indios norteamericanos y de sus señales de humo. Coloqué hierbas verdes sobre las brasas hasta que saliera suficiente humo blanco, y con mi cazadora de pana ahogaba y soltaba el humo, de tres en tres, con una parada en medio.  Desgraciadamente para mí, el humo se difuminaba entre las copas de los árboles sin alcanzar el cielo y para más desgracia aún, mi cazadora quedó chamuscada y prácticamente inservible.

   Me desplomé a la sombra de un árbol, intentando conservar energías y pensar en lo que hacer de inmediato. Me quedaban pocas posibilidades, podía quedarme ahí esperando que me encontraran, vivo o quien sabe si ya muerto. Podía liquidar las pocas energías que me quedaran e intentar salir otra vez en busca de una senda… Pero antes de todo debía conseguir comida y sobre todo agua. De repente, un saltamontes dio un brinco al alcance de mi vista. No lo dudé ni un momento, me levanté y fui tras el hasta darle alcance. Jamás podía imaginar que haría tamaña cosa, máxime con el respeto que tenía hacia todos los animales, pero le arranqué la cabeza, las patas, las alas; lo pinché con la punta de la navaja y lo puse sobre las brasas. Al cabo de un rato me lo comí tras darle un apretón con mis dientes… no sabía mal del todo. Casi una docena de saltamontes corrieron la misma suerte.

   Solo faltaba encontrar agua, agua de manera inmediata. Obviamente el agua era más posible encontrarla bajando que no subiendo. Era lo más natural, así que decidí ya ir a por todas en busca de algún curso de agua por pequeño que fuera.  Coloqué mi chamuscada cazadora dentro de la mochila, y totalmente decidido a burlar mi suerte, me adentré en el bosque, pero esta vez no en busca de una senda, sino de las inclinaciones del terreno. Si tenía la suerte de encontrar un arroyo, aparte de saciar la sed, quizás este me guiara hacia una salida.

   Me había cerciorado de lo abrupto  que era ese bosque. Caminaba, mejor dicho, avanzaba como podía entre la maraña del sotobosque plagado de zarzales. Partes de mi camisa  y pantalones estaban ya deteriorados por los continuos enganchones, aunque gracias a ello no tenía demasiados arañazos en la piel, salvo algunos en cara y manos. Cuando parecía que encontraba una zona más cómoda para avanzar, de repente, una cortada rocosa con una caída vertical de varios metros me impedía seguir. Esa circunstancia me obligaba a retroceder para intentar buscar otra orientación, cuyo resultado no era otro que encontrarme más desorientado todavía. Pero tenía que bajar como fuera hasta encontrar el añorado curso de agua. De tanto en tanto me paraba buscando calmar el resuello, y continuaba al rato pero cada vez más cansado.
   Desde mi posición observé una línea de rocas que se alzaban sobre los árboles. Decidí esforzarme para intentar llegar arriba y desde allí otear el horizonte. Esa decisión me obligaba a escalar y aunque notaba como me ardía la cara por la congestión, y sentía un gran vacío en mi estómago que me provocaba cierto dolor, amén de que mi garganta parecía estar hecha de esparto por la sequedad, opté por olvidarme de mis males y empezar a subir como fuera.

   Dejé la mochila en tierra e inicié el difícil trayecto sujetándome a los riscos con las escasas fuerzas que tenía. Conforme ascendía, el riesgo de una caída se acrecentaba, pero no sentía miedo en absoluto, ni vértigo… mi única obsesión era superar ese promontorio. A pesar de estar a punto de perder los apoyos un par de veces, con el consiguiente susto, logré encontrar una vía adecuada para superar quizás la docena de metros que me separaba del suelo.

   Y fue al llegar arriba, cuando por fin pude gozar de cierta vista de pájaro, suficiente para discernir que allá abajo, ciertamente que muy abajo, podía haber agua a juzgar por lo hondo y angosto de la zona y sobre todo porque la vegetación se pronunciaba diferente con mucho más verdor.

  Bajar aquellas rocas no fue fácil en absoluto, temía caer en cualquier momento, sobre todo porque la perspectiva no era la misma que subiendo y no encontraba con tanta facilidad los puntos de agarre… pero logré llegar sano y salvo al suelo.

   No tenía otra opción avanzar hacia el profundo barranco como fuera, sujetándome a las raíces, a las ramas, resbalando una y otra vez, encontrándome colgado de un apoyo en más de una ocasión, y con el sobresalto acompañándome en cada dificultad.

   Que diferente es la visión cuando estás arriba con el cielo abierto y el bosque a tus pies, que cuando entras de lleno en la maleza, nada que ver…pero me dejé guiar por la única pauta a seguir, bajar y bajar hasta llegar al fondo.

   Por fin exhausto, desharrapado, roto por fuera y por dentro, conseguí llegar a donde no se podía bajar más y sí… como si fuera un milagro, no un milagro no, un deseo, un enorme deseo de supervivencia, encontré el agua.

   Su curso era estrecho pero continuo. Bajaba alegre, saltarina por entre las piedras dirigiéndose hacia una salida quizás mucho mayor. Me amorré como lo haría cualquier animal y sacié mi sed. Aprecié de inmediato un enorme alivio en mi garganta, pero al rato noté un fuerte dolor de estómago. Me encogí tendido sobre una pequeña porción de hierba y esperé a que se me pasara un tanto el dolor. Pero no, el malestar era intenso y no sentí desahogo hasta después de vomitar no se si todo el agua que había sorbido.

   Ya superadas las arcadas, llené mi cantimplora y observé desesperado que ya nada quedaba en mi mochila salvo la destartalada cazadora. Tenía agua, cierto y quizás si seguía la dirección del arroyo podría encontrar una riera, o un río, o una fuente, señal de que no muy lejos de allí habría una senda que me guiara a la salida del bosque. Pero a todo esto el sol ya hacía rato que había declinado sus rayos para dar paso al atardecer. La luz menguaba y a no tardar la oscuridad se cerniría en aquel punto tan angosto donde me encontraba.

   Apenas podía sostenerme en pie, el esfuerzo para llegar al agua había sido mayúsculo, estaba cansado, muy cansado. No tenía otra opción que buscar algo parecido a un refugio para pasar mi tercera noche en lo que ya parecía ser un mal sueño. Avancé como pude por entre los arbustos hasta que encontré un hueco entre unas rocas. Me apresté a acurrucarme en ellas para descansar. Saqué la ruinosa cazadora de la mochila e intenté abrigarme con ella. Ni tan siquiera traté de encender una hoguera, y no solo porque el terreno era inclinado y no presentaba suficiente espacio para prender el fuego, sino porque sobre todo me encontraba hecho polvo y no me apetecía intentarlo.  


   No pensaba en nada, mi mente estaba turbia, solo quería dormir, pero la humedad se caló en mis huesos y empecé a tiritar. Aguanté como pude un buen rato, encogido, recogido sobre mis brazos como si ellos me pudieran dar consuelo… Ocurrió que pasados muchos minutos, quien sabe si horas, apareció como una nebulosa ante mis ojos, me aflojé en extremo y creí morir...


domingo, 7 de abril de 2019

Novela: "La senda del Porvenir" (Parte 2)

   ...Llevaba mucho tiempo andando sin rumbo fijo, ya dos horas desde que salí de casa. Era libre, me sentía como si me hubiera emancipado del pasado, pero no sabía que hacer con el presente y ni idea de lo que me deparaba el futuro. Sin darme cuenta, me encontré frente a una estación de autobuses interurbanos. ¿Porque no? —me dije—. Así que entré en uno, pagué el correspondiente billete y me coloqué en uno de los asientos. No tardó en arrancar el autobús, ni idea de hacia donde se dirigía, ni lo pregunté, ¿Qué mas da?
—pensé—. Empezamos a discurrir por calles y más calles hasta abandonar la ciudad para introducirnos en una carretera. El campo sucedió a los edificios y a pesar de que ya las luces del nuevo día entraban de lleno por la ventanilla, empecé a notar el cansancio por no haber dormido esa noche y me desplomé sobre el asiento.

Una voz me despertó de golpe:

“Muchacho, es el final, ya hemos llegado”

Aquella frase me sonó muy extraña… “el final”, cuando para mí era el principio de no se sabía que. Ignoraba el tiempo que llevaba dormido, mucho al ver la hora en el reloj, las 13,15. Bajé del autobús en plena carretera, justo al pie de una marquesina. Observé que aquello parecía ser la parada de una pedanía, o de un pueblo de difícil acceso para el autobús. Fijé mi mirada en el entorno, árboles, muchos árboles formando parte de un bosque muy frondoso, y  en lontananza cúmulos montañosos. No muy lejos de ahí se adivinaban las casas de un pequeño pueblo: “Mozarrejo” según indicaba un cartel. Me encontré de lleno en una encrucijada, ¿que hacer?: dirigirme hacia el pueblo o introducirme en el bosque. Decidí la opción del bosque, al fin y al cabo tenía pertrechos, era verano y el contacto con la naturaleza siempre me había beneficiado.  

II


   No muy lejos de donde me encontraba, cruzando la carretera, observe una senda amplia que abría el bosque hacia el interior. Me dirigí hacia allí sin dudar, la decisión estaba tomada. Una senda siempre lleva a algún lugar, —me dije—. En esos momentos mi mente solo estaba dispuesta para alejarme de la triste y complicada situación familiar en que me encontraba. Entrar en aquel bosque era una liberación, para nada media las consecuencias que mi decisión podía suponer.

Me adentré con cierta alegría, respiraba profundo, sosegado, disfrutando de cada recodo del camino que se abría a mis pasos.
Percibía todos los olores, la brisa, los trinos de los pájaros, la luz tornasolada entre los árboles y arbustos. Todo era fresco y agradable para mis sentidos. Anduve mucho rato hasta que me detuve para sorber agua de la cantimplora. Observé la hora, habían pasado ya más de tres desde que me adentre en el bosque. Entonces me dí cuenta que tenía hambre, no había cenado la noche anterior, ni tan siquiera desayunado en la mañana, así que me detuve bajo la sombra de un respetable roble. Abrí la mochila y literalmente devoré el salchichón, el pan, el queso, parte de los frutos secos y dos mandarinas. Me dí cuenta que ya me quedaban pocos víveres, así que paré en seco para conservar lo poco que tenía. En ese momento noté que me embargaba un extraño instinto. Había penetrado mucho en el bosque, realizando varios cambios de dirección y encontrándome unas cuantas encrucijadas. Tal era la situación que dudaba en poder encontrar el camino de vuelta. Pero… ¿vuelta hacia donde? —me preguntaba interiormente—. Así que me levanté, recogí todos mis pertrechos y decidí continuar por una senda muy estrecha, seguí y seguí hasta que sin darme cuenta el sotobosque hizo desaparecer el camino. Me vi envuelto de repente en un laberinto. Volví hacia atrás, desandando mis pasos, pero no lograba encontrar la insegura senda. Mi despiste era enorme y empecé a sentirme presa de la zozobra.

Entonces decidí parar e intentar calmarme, en vez de andar como un pato mareado en un garaje, otra expresión que no es mía y que en ocasiones mis compañeros del “cole” me habían brindado. Respiré hondo, tratando de que mi pecho dejara de rebrincar como un poseso. Ya más tranquilo empecé a meditar:
 —Daniel, la has fastidiado, no conoces los alrededores, no llevas mapa, ni brújula, nadie sabe donde estás, ni siquiera yo mismo, apenas tengo comida y la cantimplora medio vacía…pero llevo una navaja suiza, un mechero, claro que de ropa ando escaso, apenas la cazadora que ahora llevo colgada de la mochila para abrigarme si es necesario…y es que además dejé el móvil en casa para que no intentaran localizarme—.

¡¡¡La he “cagado”, la he vuelto a “cagar”… como siempre!!! … “que mal rollo” Solté esta vez con rabia desde mis adentros como un intento de desahogo. Me hubiera puesto a llorar como un chiquillo, pero pronto entendí que para nada me serviría, así que decidí continuar, pero… ¿hacia donde? Instintivamente opté por subirme a un árbol para otear los alrededores, pero solo llegué a percibir que estaba rodeado de una extensa vegetación. Observé que desde donde me encontraba, el bosque se inclinaba hacia arriba, así que subí penosamente enganchándome con las zarzas, las ramas y resbalando continuamente por la pinaza que se deslizaba bajo mis pies. Por fin alcancé el promontorio, solo para entender que me había perdido.

El único punto de referencia que tenía eran las montañas que se apreciaban a lo lejos, pero esa cordillera resultaba ser muy extensa y me costaba encontrar la dirección optima para regresar al punto de partida. Si hacia arriba no había salida, solo quedaba ir hacia abajo
 —pensé— y me dispuse a continuar. A todo esto, ya eran las siete de la tarde, pronto la noche se cerniría sobre el bosque y sería imposible caminar.  No me había traído la linterna, ni idea de que la podía necesitar cuando decidí marchar de casa.

Y al pensar en la linterna y que mi mente se detuviera en la palabra casa, paré en seco: “Han pasado muchas horas desde que salí de madrugada, me habrán echado en falta y seguro que estarán tras mi busca…pero lo tienen crudo, va a ser difícil que recaben en pista alguna para encontrarme, así que todo depende de mí” —pensé— Entré en un estado de excitación, mis músculos empezaron a activarse y en mi cerebro solo cabían las decisiones, porque estaba claro que esa noche tendría que pasarla en el bosque. Así que decidí buscar un refugio. Tras alcanzar la parte llana del bosque, durante un buen rato intenté encontrar algo, pero nada, solo árboles y más árboles, maleza y más maleza. Por fin, me dí de bruces con el tronco recio de un pino, caído sobre una roca y formando una inclinación por encima del suelo. Hacer una cabaña no era nuevo para mí, una vez con un tío Mio y en compañía de mis dos primos realizamos una durante una excursión, así que me dispuse a empezar. Busqué ramas altas entre las que había en el suelo, corté afanosamente otras con la navaja suiza que tenía una hoja de sierra y poco a poco colocándolas en forma de A sobre el tronco caído apareció el improvisado albergue. Luego recogí de los alrededores numerosa pinaza para colocarla en la base de la cabaña y poder así aislarme de la humedad.
A todo esto ya quedaba poca luz, por fortuna era el mes de Junio y el día se alargaba dándome todavía opción de buscar ramas secas para hacer una fogata, la iba a necesitar para calentarme, y de paso si alguna persona viera el humo, quizás dedujera que alguien estaba en peligro dentro del bosque.

Limpié la zona cercana a la cabaña para evitar que las llamas de la fogata se extendieran al bosque, y previamente busqué piedras para rodear el fuego. La noche ya se cernía sobre mí, así que con hojarasca y pinaza encendí la hoguera gracias a la fortuna de haberme traído un mechero, y aún no me explico porqué lo hice ya que por supuesto no fumo.  

Otra expresión que no es mía, pasé: “la noche del loro” eso decía mi padre a mi madre cuando le confesaba que no había pegado ojo ni descansado, pensando en sus cosas. Lo cierto es que no paré en toda la noche de oír ruidos que constantemente me alertaban, algunos más intensos que otros, y seguro que más de un animal rondaba por ahí.  Además solo podía calentar una parte de mi cuerpo y no paré de echar leña al fuego por si se apagaba. Tenía miedo y todos mis sentidos estaban alerta. En mi mano una gruesa rama como defensa ante cualquier contingencia. Ni siquiera me quedé dentro del improvisado refugio, opté por estar acurrucado y cambiando de posición ante la lumbre para que mi cuerpo no se enfriara.

 Por fin llegaron las primeras luces del alba, dejé de alimentar la fogata hasta que solo quedaron brasas candentes. No tardaron en aparecer los primeros rayos del sol en la pequeña explanada donde me encontraba, y la confianza que me ofrecía esa luz, junto al calorcito de las brasas, provocaron que entrara de lleno en un profundo sueño.

Cuando desperté el sol ya estaba en lo alto. Tenía hambre, así que abrí la mochila y liquidé todo el alimento que me quedaba sin pensar en las consecuencias. Como también la sed me acompañaba, no dudé en desenroscar la tapa de la cantimplora, para sorber toda el agua  hasta dejarla vacía.

De repente  sentí el embargó de una sensación muy extraña que provocó que mi ánimo se encogiera. Me encontraba solo, tremendamente solo y perdido en un bosque desconocido. Habían pasado muchas horas desde que salí de casa, me estarían buscando. No dudaba del sufrimiento de mis padres por mi desaparición. Mis ansias de libertad se estaban acabando para convertirse en el inicio de una pesadilla. Acurrucado rompí a llorar.

Ese llanto, provocó en mí cierto desahogo, así que intenté calmarme y pensar. Algo tenía que hacer para salir de allí. Luego ya veríamos que es lo que se podía hacer para solucionar mi situación, pero primero intentar salir de aquel laberinto. Instintivamente, me puse de frente al sol, abrí los brazos hasta ponerlos en cruz y pensé: “El sol sale por el este y se oculta por el oeste, luego estoy de frente con el sur y las montañas al fondo. Tendría que ir pues hacia el norte para llegar a la carretera.

Recogí la mochila ya más ligera, la coloqué sobre mi espalda y  en la dirección elegida me adentré por la maraña del bosque en busca de alguna senda.  Pasaron una hora, dos, tres y no conseguía el objetivo. Era desesperante, de repente me encontraba con una zona rocosa, subía al promontorio y miraba al horizonte, solo árboles y más árboles. Y lo peor es que ni tan siquiera lograba encontrar las referencias de las montañas al estar imbuido por la masa boscosa. Tan solo observaba como los rayos del sol penetrando entre la arboleda se hacían cada vez más oblicuos. La tarde iba tocando a su fin. Tenía hambre, sed y me encontraba ya muy cansado. La desesperación se iba cerniendo en mi ánimo, pero decidí no darme por vencido y continuar.

La luz cada vez era más escasa, y lo peor es que estaba tan convencido de que encontraría la carretera, que ni tan siquiera pensé en la posibilidad de tener que preparar un refugio para pasar la noche. Me dejé caer derrumbado al pie de un árbol. Notaba la boca reseca y que me estaban faltando las energías. Aún así decidí no rendirme y realizar un último esfuerzo.

De repente, ya casi rondando la oscuridad, observé una zona del bosque que no parecía desconocida: “Ya estoy salvado” —pensé—  “quizás ya estoy cerca de la carretera”, y al entrar en un pequeño claro del bosque… me topé de bruces con el refugio del árbol caído y los restos de la fogata de la noche anterior… Me había pasado toda la tarde andando en círculo.

Bueno —me dije— “Del mal el menos” el refugio todavía está en su sitio y aún queda leña junto a los restos de la fogata. Tengo el mechero, así que solo queda encender la hoguera y pasar aquí la noche.


Con el fuego ya en apogeo, esta vez, rendido por el cansancio, me dejé caer sobre la pinaza bajo la improvisada choza. Un tremendo sopor se apoderó de mí, cerré los ojos y quedé dormido. Esa noche, a buen seguro que habría ruidos, animales rondando por ahí, sombras amenazantes, pero nada de eso alertó mis miedos. El sueño y el cansancio pudieron con ellos...


sábado, 6 de abril de 2019

Novela: "La senda del Porvenir" (Parte primera)

   Cabizbajo, dejaba pasar por mi mirada las baldosas de la acera sin percatarme por donde iban mis pasos. Tan solo en mi mente se reflejaban toda una serie de apelativos: “ignorante, desastre, inútil, vago, pardillo”… a lo que habría que añadir unas cuantas lindezas del estilo: “Eres una vergüenza para la familia”, “Nunca llegarás a nada si sigues así”, “No eres más malo porque aun no se ha inventado quien pueda ser más malo que tú”… Todo ello era una mezcolanza donde entraban tanto familia como compañeros de clase.

   Mi adolescencia se estaba arrastrando totalmente distraída por esa acera sin rumbo ni sentido, hacia… el mamporrazo que me acabada de dar contra el soporte rectilíneo y vertical de una farola… y en vez de conmiseración, de cuidado, de respeto; otra vez, la hilaridad de los presentes se cebaba en mi desgracia. Ajuste mis gafas de miope, intenté mantener la compostura y decidí seguir mi camino hacia ninguna parte olvidando el cachondeo que se estaba formando a mí alrededor. Fue entonces, cuando de repente noté una presencia a mi lado, a la vez que una mano agotada y temblorosa se apoyaba en mi hombro. Era una anciana amparada en un soporte con ruedas que le hacía de bastón. Debió de tardar un rato en llegar a mí, pero lo hizo tan solo para decirme:

 —“Hijo, ¿estás bien?”.

Ningún reproche, ningún intento de aleccionarme pese a su venerable edad, tan solo esa mínima preocupación por mi estado. La anciana observó el principio de chichón que ya estaba aflorando en mi frente y simplemente sonrió. Yo no pude por menos que hacer lo mismo, sonreír. Intenté corresponder a la amabilidad de la anciana lo mejor que pude:

“Gracias señora, no ha sido nada, andaba distraído y…“

Ella siguió con su sosegado andar, casi arrastrando su cuerpo tras aquel apoyo con ruedas, pero lo hizo con la mirada alta y con una imagen que me recordaba la explicación que alguien un día me dio sobre lo que significa la palabra dignidad.

   Y yo, un jovenzuelo de casi diecisiete años, estaba andando con la mirada abatida por el peso de la desconsideración, al menos eso es lo que pensaba… pero el gesto de esa anciana me insufló algo más que ánimo, no estaba solo. Si una anciana que apenas podía moverse se había preocupado por mí, significaba que yo no era indiferente.   

I


Tras el incidente y el buen detalle de la anciana, ocurrió que acerté a alzar mi mirada hasta obtener un plano horizontal. Pude ver la circulación de vehículos a mi derecha y gente de todo género y condición deambulando por la acera. No estaba yo para conseguir atinar con más detalles, solo una idea en mi cabeza.

El curso escolar había tocado a su fin, y en mi mochila una “bomba” a punto de explotar. Estaba atrapado, nada ni nadie podían evitar lo que ya era irremediable. Tenía muy claro lo que iba a ocurrir. No paraba de recitar como un mantra lo que indicaba la cartilla: Lengua, 3 Filo,4 Mates,2 Economía,2 Historia,4 Proyecto,3 Educación física,4… es que ni esa. Fatal, fatal, fatal,  y además repitiendo curso.

¿Qué estaba pasando en mi existencia? “Ni zorra idea”, como he oído  decir a algunos.  El caso es que en cuando se enterase mi padre, sobretodo, y ya no debería de ser una sorpresa para el, me esperaba algo más que una reprimenda. Ni pensar quería en las palabras que llegarían a mis oídos; si recibía algún tortazo que otro, ya eso me preocupaba menos…  ¿Porqué debería sentirme  tan inútil como para renunciar a todo en la vida?, aunque en conjunto mi realidad parecía indicar que yo, ya era un fracasado con tan solo diecisiete años.

Y todo… porque simple y llanamente era un soñador, y no es que esto sea una palabra de mi cosecha, se la oí decir a una vecina cuando mi madre le estaba contando los problemas que tenían conmigo. Lo que sí había llegado a mis oídos con insistencia era una frase: “Estás en babia”. Que culpa tendría yo si me sentía desplazado de todo lo que me rodeaba, nada me gustaba, nada. Prefería siempre aislarme del entorno y dejar que por mi cabeza pasaran mil y un pajarillos, definición que recogí de uno de mis profesores: “¿Tienes pájaros en la cabeza o qué?… Vale, que sí, que la realidad es lo que muestran los ojos, el tacto, el oído, el gusto, el olfato, y las bofetadas que siempre recibía y no siempre por obra de la palma de la mano de mi padre.

Estar en babia”, “pájaros en la cabeza”… ya tengo las suficientes entendederas pese a mi temprana edad para interpretar que estas dos frases están ligadas con una sola palabra: imaginar.
Y no hacía falta mucho imaginar para adivinar lo que me esperaba.

No tomé el ascensor para acceder al ático donde vivíamos, preferí subir los escalones uno a uno y con la máxima cadencia posible, como si con ello quisiera dilatar el espacio/tiempo. Cada escalón era como acercarse al cadalso donde irremediablemente se me iba a ejecutar. Más pronto de lo que me esperaba, a pesar de tomar respiro en más de un rellano, llegó la puerta nº 2 ante mis narices. Tomé la llave, abrí y ni siquiera fui a ver a mi madre; directamente me encaminé a mi habitación. Una frase sacudió las paredes de la casa:

—Daniel, ¿estás ahí?

 Mi respuesta fue inmediata:

— “Si madre soy yo, ya he llegado

No tardó en llegar el reproche:

— ¿Tanto te cuesta hacerte ver?

Frase que cuadraba perfectamente con mi situación, me hubiera gustado ser invisible. Sabía que mi padre no tardaría en llegar del trabajo, también entendía lo que iba a suceder y me estaba preparando. ¿Cómo?, no se me ocurrió otra idea que ponerme de rodillas sobre la cama y como si fuera un autómata, mirar obsesivamente siete dedos de mi mano, uno por cada “cate”.

No se bien el tiempo que estuve en esa actitud, pero el colchón bajo mis rodillas ya parecía horadarse. Sonó la puerta de entrada con inusitado estrépito. No podía fallar, tamaña intensidad de sonido indicaba que acababa de llegar mi padre. A continuación una frase llegó a mis aturdidos oídos, la estaba esperando:

 —“María, ¿ha llegado ya Daniel?...

Diablos y más diablos, es que no podría esperar un poco más, llega y ya está preguntando por mí, que obsesión:

     “Está en la habitación, Gerardo”
      “Dile que venga María”

Ya estamos, el muy… tiene que usar a mi madre como cómplice de mi tortura.

     Daniel, sal de ahí, ha llegado tu padre”…

Como si no me hubiera enterado…

      “Voy”.

Lentamente abrí la puerta de mi habitación, apenas sufrieron las bisagras por mi empuje, más lentamente aún me encaminé hacia el punto fatídico del comedor, empujé la puerta suavemente y salió de mi garganta una palabra entrecortada, casi parecía un carraspeo:

—“Hola

Su contestación no dejó de sorprenderme:

“Que te pasa en la voz hijo, ¿estás acatarrado?”

Hubiera resoplado de buen gusto, pero me contuve. Más que una sonrisa, sentí que en mi rostro se dibujaba una mueca, fruto del desconcierto:

—“Venga, a comer, hoy tengo algo de prisa

Será posible—me preguntaba—, es que no se acuerda que hoy tenía que entregarle la cartilla con las notas. Empezamos a tomar el alimento, y a cada bocado esperaba oír la consabida pregunta:

 — ¿Y bien, donde están esas notas?,

Pero no. Acabó de comer, se rozaron sus labios con la servilleta, dio un beso a mi madre, me hizo un gesto extraño con la mano y se fue. Aquello me sentó como una tregua a mi condena… Al acabar de comer volví a la habitación, me puse de rodillas sobre la cama, justo en los dos huecos que ya existían, miré los siete dedos de mi mano y empecé a balancearme obsesivamente, recitando mentalmente el mantra: “siete, siete, siete”. 

No acababa de entender como en esas situaciones mi madre parecía pasar de todo, es como si no quisiera líos. Ninguna pregunta, ningún consuelo, ningún estímulo. Es como si su misión fuera tan solo que tanto mi padre como yo, estuviéramos bien atendidos de estómago y vestimenta, pero que ocurría con mis sentimientos, es… es como si ella tuviera miedo de que yo le contara lo que estaba sufriendo.

Esa tarde no quise saber nada de los amigos  ni de nadie. Ya que el “cole” había terminado, me dediqué solo a pasear sin rumbo fijo por las calles de mi barrio. Solo una palabra afloraba en mi mente como una gota malaya sin poder evitarlo: “siete, siete, siete”. No me importaba tanto el castigo y las reprimendas a recibir, como el vacío que se estaba creando en mi existencia, sin nadie que me lo solucionara. Percibía el porvenir como una senda negra, oscura y tenebrosa. Era, era… como si el porvenir fuera la misma boca del lobo que me iba a devorar.

Volví a subir las escaleras de mi casa… no quise saber nada del ascensor, demasiado rápido para llegar a donde no me apetecía llegar. Mi padre ya estaba ahí… y me esperaba.
Su recibimiento acompañado de la consiguiente pregunta fue como una explosión:

     ¿Y bien?

Enmudecí… mi mente, mi corazón, todas mis entretelas se pusieron en guardia, no supe que contestar. El fue quien me sacó del aturdimiento y de mi mutismo con su siguiente frase:

— ¿Así se llega a casa, sin saludar, esa es la educación que te hemos dado?

No es lo que esperaba, así que me disculpé, le dí un beso y me senté en el sillón a ver la tele.
Ni me enteraba de lo que estaban dando en esa caja que dicen tonta, ni me importaba, solo trataba de evadirme. Pasaron los segundos, los minutos. Se estaba acercando la hora de cenar, y me pareció que lo más prudente sería huir a mi refugio, a mi habitación… y entonces ocurrió:

 —Espera, a donde vas… ¿no tienes nada que decirme?

 Me sentí como un integrante de dibujos animados, que cómicamente se expresara así:

—“Gluub

—“Venga a que esperas… quiero ver esa cartilla de notas

Tembloroso fui a buscarla en mi mochila, más tembloroso aún se la ofrecí a mi padre. Dicen que la indignación se viste de rojo, y es cierto. Su cara se encendió como si fuera un fósforo. Entró en cólera, se enfureció:

¡¡¡Que es esto, que es esto…como es posible…es que no te educamos bien, es que no te tratamos bien, así nos lo pagas… que vergüenza, que vergüenza, que desastre de hijo… que haces, a que te dedicas en el colegio…para eso te pagamos los estudios, para que los desperdicies…nos prometiste que te aplicarías…y este es el resultado, este … es que ninguna, ninguna y repites curso…inútil, es que eres un inútil…que vamos a hacer contigo, que vamos a hacer, desastre, eres un desastre!!!


 Aguanté la  avalancha de improperios como pude, sin saber que hacer, me sentía avergonzado y cada vez más hundido. Entonces él se levantó como si tuviera un resorte en el culo, me agarró por el cuello de la camisa y me sacudió la cara con un par de bofetones, estaba enormemente violentado. Fue entonces cuando mi madre intentó interponerse entre los dos y recibió un fuerte empujón por parte de mi padre que la tiró al suelo. El se dio cuenta enseguida de lo que acababa de hacer, pero tuve que ser yo a pesar de mi embargo emocional quien reaccionó primero para ayudarla a levantarse. Él enfurecido y quien sabe si avergonzado, se escondió en su habitación dando un enorme portazo.

Aquella noche nadie cenó. La escena de aquella casa rozaba la tragedia. Mi padre oculto en la habitación, mi madre sollozando en el sofá del comedor, y yo refugiándome en mi habitación totalmente acongojado.


Observé el despertador, las diez…las once…las doce, la una, las dos, las tres de la madrugada, no conseguía dormir. Sigilosamente salí de mi habitación, el silencio era total. Observé como mi madre había quedado dormida en el sofá, quizás mi padre también se hubiera dormido. Regresé a mi habitación, y como si fuera un flash una idea surgió en mi cabeza…huir. Me apresuré con sigilo a preparar la mochila. Primero fui con cuidado a la cocina, abrí la nevera y recogí algunas viandas, fruta. Llené la cantimplora de agua. Volví a mi habitación, recogí algo de ropa y saqué el dinero que guardaba en la hucha, noventa y seis euros. Con todo ya preparado, me puse sobre los hombros la cazadora. Miré de nuevo el despertador, marcaba las cuatro y media. Puse la máxima discreción en abrir la puerta de casa, la cerré con sumo cuidado y bajé las escaleras una a una con tiento, como si mis pies se posaran sobre una esponja. Por fin llegué al vestíbulo, abrí la puerta de la calle y pasé a la acera. La noche estaba oscura, pocos coches circulaban y apenas un par de personas andaban por ahí, quien sabe hacia donde. Me sentí enormemente liberado, respiré hondo y empecé a caminar, quien sabe hacia donde...


Microrelato: "El fruto del azar"



   El nombre de mi hermana no lo entendí hasta que pasó cierto tiempo. Por abreviar Min, todos le llamamos así sin preocuparnos por nada más. Su tez es muy morena y posee una figura esbelta. Tiene una mirada tan amable como acogedora. Con sus cabellos rizados negros como el azabache, llama la atención allá por donde va. Un día llegó a mí lado por sorpresa, como si fuera un regalo de reyes. Es tan fuerte, tan íntegra y tan capaz de superarlo todo, como la extensión de su nombre indica Mintesinswat, que significa: “No hay lugar en el Mundo que ella no pueda alcanzar”